Primero, las palabras del culto. Hacia 155, Justino describe la reunión del domingo sin altar ni sacerdote; hacia 253, Cipriano llama al obispo sacerdote que ofrece en el altar. En 385, Siricio lleva la idea a su consecuencia: la continencia perpetua del clero, con los sacerdotes del Templo como modelo.
La invocación de los santos y el purgatorio. Hacia 260, los fieles piden a Pedro y a Pablo en la Vía Apia; Laodicea prohíbe invocar a los ángeles, y hacia 400 Agustín admite que se pida la oración de los mártires, aunque no se les ofrezca sacrificio. Hacia 594, Gregorio Magno apoya el fuego purgatorio en visiones y apariciones.
De la costumbre al canon. En 787, Nicea II manda venerar las imágenes y poner reliquias en las iglesias, las dos cosas sobre el culto a los santos; Fráncfort lo rechaza. Hacia 850, las Falsas Decretales ponen en boca de los papas antiguos el lenguaje de un papa medieval.
La presencia carnal. Hacia 831, Pascasio enseña que en el altar está la carne que nació de María; Ratramno lo niega, y en 1059 Berengario tiene que firmar en Roma lo contrario.