Hacia 155, Justino describe el culto del domingo, y en él no hay altar ni sacerdote.
Un siglo después, Cipriano llama al obispo sacerdote que ofrece en el altar: el lenguaje del Templo entra en la iglesia.
Siricio saca en 385 la consecuencia para la vida del clero, con el mismo modelo de los sacerdotes del Templo.
En el siglo IX, Pascasio Radberto identifica el cuerpo del altar con la carne nacida de María; Ratramno le responde que está «en figura», en la línea de Agustín.
En 1059, Berengario es obligado a firmar en Roma que el cuerpo de Cristo se tritura con los dientes.
La respuesta reformada: Calvino, comunión real con Cristo, presente por el Espíritu; y Westminster 29, que en la Cena no se ofrece ningún sacrificio, sino que se conmemora el único.