Los de Berea examinaban por la Escritura lo que les predicaba un apóstol.
En la iglesia antigua, Atanasio dice que las santas Escrituras bastan, y Agustín que en lo que dicen con claridad está todo lo de la fe y la vida.
En 434, Vicente de Lerins pone primero la autoridad de la ley divina y después la tradición, y da su regla: lo creído siempre, en todas partes y por todos.
En 1525, frente a Erasmo, Lutero defiende la claridad de la Escritura.
En 1546, Trento pone la tradición a la altura de la Escritura, y en 1564 Pío IV hace jurar que solo se la interpretará según el consentimiento unánime de los Padres, que no existe.
En 1559, Jewel desafía a Roma a probar sus novedades con los seiscientos primeros años.
Bossuet dice en 1688 que la verdad católica no varía; Newman responde en 1845 que la doctrina se desarrolla; el Vaticano I manda en 1870 que el sentido de los dogmas no cambie nunca.