¿Cómo sabemos que la Escritura es palabra de Dios? Calvino y Westminster: no por la iglesia, sino por Dios mismo
Roma pregunta al reformado cómo sabe qué libros son de Dios, si no es porque la iglesia se lo dice. Calvino respondió que la iglesia está fundada sobre los apóstoles y profetas (Ef 2,20), y que la certeza del fundamento ha de ser anterior a la casa: la iglesia, al recibir la Escritura, no la hace auténtica, sino que reconoce en ella la voz de su Dios. Preguntar cómo lo sabremos sin la iglesia es como preguntar cómo distinguiremos la luz de las tinieblas. Solo Dios es testigo idóneo de sí mismo: la Escritura es «digna de fe por sí misma», y el Espíritu lo sella en el corazón. A la frase de Agustín, «no creería en el Evangelio si no me moviera la autoridad de la iglesia», le dio su contexto: hablaba de cómo llegó a la fe quien aún no creía.
Westminster lo recogió: la autoridad de la Escritura no depende del testimonio de ningún hombre ni iglesia, sino de Dios, su autor. El testimonio de la iglesia puede movernos a estimarla, y la Escritura muestra por sí misma ser palabra de Dios; pero la plena persuasión viene del Espíritu, «mediante la Palabra y con la Palabra». A nuestro juicio, toda autoridad última se acredita a sí misma, también la que Roma reclama: según Salmon, Newman venía a decir que los títulos de la iglesia brillan con su propia luz. La cuestión es cuál es la autoridad última, la palabra de Dios o la iglesia que la recibe. Presupone Westminster 1; y responde al argumento con que se defiende el canon de Trento.