El Credo de los Apóstoles no lo escribieron los apóstoles (c. 395)
El Credo llamado de los Apóstoles no se recibió generalmente en su forma actual hasta finales del siglo IV o principios del V, y nunca fue recibido por las iglesias griegas. Ambrosio, hacia el 380, lo llama «Credo de los Apóstoles», pero no dice que lo escribieran ellos; el primero que lo atribuye expresamente a los apóstoles es Rufino, hacia el 395. Su relato —que los apóstoles, antes de dispersarse, compusieron juntos el resumen aportando cada uno una parte— es una tradición tardía, y un sermón falsamente atribuido a Agustín, del siglo V, la adornó con una cláusula por cada uno de los doce.
Rufino mismo dice que los artículos «descendió a los infiernos» y «la comunión de los santos» no estaban en el credo de la iglesia romana ni en el de las orientales a finales del siglo IV. En el concilio de Florencia, a mediados del XV, los griegos sostuvieron que este Credo era desconocido en Oriente. El Catecismo de Trento daba por supuesto, en cambio, que los apóstoles lo compusieron y que de ellos recibe el nombre de symbolum; y la Inquisición obligó a Valla a retractarse de haberlo negado, mientras la Sorbona censuraba a Erasmo por dudar.
A nuestro juicio, el Credo es una buena confesión de la fe común, pero no un documento apostólico ni un segundo principio de fe: la pretensión de que lo sea es una tradición posterior, y sirve para poner al lado de la Escritura otra autoridad también apostólica, como hace Trento con la tradición.