Agustín: a los mártires no se les ofrece sacrificio, pero se pide su oración (c. 400)
Agustín honra a los mártires con un culto «de amor y de compañía», el mismo que se da en esta vida a los hombres santos, y reserva a Dios solo el que en griego se llama latría: no se levantan templos a los mártires, ni se les ofrece sacrificio, ni el sacerdote los invoca en el altar, donde se les nombra en su lugar y orden. Es lo que la iglesia de Esmirna había dicho de Policarpo.
Pero en él está ya también lo otro: en la mesa del altar no se ora por los mártires, como por los demás difuntos, sino que se pide que ellos oren por nosotros, porque «es una injuria orar por un mártir, a cuyas oraciones debemos encomendarnos». No dirige la oración a ellos, pero cuenta con su intercesión. El par latría y dulía, con que la teología posterior justificará la invocación, ya no es suyo: Agustín no emplea la palabra dulía.