Nicea II restaura el culto a las imágenes (787)
Convocado por la emperatriz Irene y presidido por el patriarca Tarasio, el concilio anuló el de Hieria (754) y declaró legítimo venerar imágenes de Cristo, de María, de los ángeles y de los santos. Por primera vez, un concilio hace de una práctica de culto un asunto de definición doctrinal.
Todo el decreto descansa en una distinción de palabras entre venerar y adorar. Su autoridad «ecuménica» es más frágil de lo que parece, porque la iglesia franca no lo recibió. En el mismo concilio las reliquias se hacen obligatorias en las iglesias, y para medir su pretensión de tradición hay que ver qué decía la iglesia antigua. Trento lo hará dogma en 1563.