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Cristianismo histórico

La historia de la doctrina, bajo la Escritura

1f1

Trento manda no pedir nada a las imágenes; Pío XII corona en Fátima la «imagen taumaturga» (1563-1946)

El mismo decreto con que Trento mandó venerar las imágenes puso un límite: se las honra no porque se crea que hay en ellas «alguna divinidad o virtud» por la que se las venere, ni para «pedirles algo», ni para poner en ellas la confianza, «como hacían antiguamente los gentiles, que ponían su esperanza en los ídolos». El honor, dice, pasa a lo que representan. Pero el concilio contaba ya con imágenes de milagros: mandó que no se pusiera ninguna imagen «insólita» sin aprobación del obispo, y que no se admitieran «milagros nuevos» sin que él los reconociera.

En 1946, Pío XII dijo a los peregrinos de Fátima que, por mano de su cardenal legado, acababa de «coronar la imagen taumaturga», la que obra milagros, y que, al coronarla «Reina de la paz y del mundo», ellos habían firmado su «sumisión a su autoridad». No es un exceso de la devoción popular, sino un acto del papa sobre una imagen concreta. Y lo mismo pasa con muchas advocaciones de la Virgen y muchos Cristos: cada uno con su imagen, su santuario o su cofradía, sus milagros y sus devotos, que le rezan a él y no a otro, como si fueran distintos.

Roma responde que no hay más que una María y un Cristo, que el milagro no es de la imagen, sino de Dios, y que el honor pasa al prototipo. A nuestro juicio, si fuera así, daría igual una imagen que otra; peregrinar a esta y no a la de casa, coronar esta y no aquella, y pedirle a la Virgen de tal sitio lo que no se le pide a la de otro, es tener en una imagen la «virtud» que Trento negaba. Es lo que ya preguntó Calvino.

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