Trento: una justicia infundida en el alma, no imputada
Para Trento, la única causa formal de la justificación es «la justicia de Dios, no aquella con que él es justo, sino aquella con que nos hace justos»: una justicia que Dios derrama en el alma y que queda inherente en ella. Se llama nuestra porque está en nosotros, aunque Trento precisa que es de Dios. Por eso condena a quien diga que somos justificados por la sola imputación de la justicia de Cristo.
Esta justicia interior es la que hace posible el mérito de las buenas obras. La respuesta reformada es la imputación.