Salmon: la iglesia infalible nunca publicó el comentario autorizado de la Escritura (1888)
Salmon preguntó dónde estaba el intérprete infalible que Roma dice necesario. Si el juicio privado no basta para determinar el sentido de la Escritura, cabría esperar un comentario autorizado que fijara la interpretación garantizada por el consentimiento unánime de los Padres, al que obliga la profesión de Pío IV. No existe: las ediciones anotadas que se aprueban no llevan más garantía que la ausencia de herejía grave, y las notas valen lo que valen sus autores. En 1813 se anunció una Biblia católica con las notas de Reims, patrocinada por casi todos los obispos de Irlanda y presentada como «la interpretación de la Iglesia católica, que es nuestra guía infalible e inerrante»; cuando los protestantes mostraron que las notas mandaban castigar con la muerte a los herejes, O'Connell la denunció y la edición se abandonó. Los catecismos tampoco están sellados: el de Keenan enseñó durante años lo contrario de lo que Vaticano I definiría, y la iglesia se limitó a retirarlo.
A nuestro juicio, el silencio no es un descuido, sino la consecuencia de que el intérprete infalible no existe. Westminster pone la regla en la Escritura misma, leída con los medios ordinarios y bajo el juicio ministerial de los sínodos; Roma, que exige un juez infalible, no lo ha sentado nunca a explicar el texto.