El Vaticano II abre la puerta a la lengua del pueblo, al cáliz y a la Biblia, sin tocar los principios de Trento (1963-1965)
Sacrosanctum Concilium mandó conservar el latín en los ritos latinos, pero permitió dar más lugar a la lengua del pueblo, sobre todo en las lecturas; y concedió la comunión bajo las dos especies en algunos casos, «quedando firmes los principios dogmáticos establecidos por el concilio de Trento». Dei Verbum pidió que los fieles tengan amplio acceso a la Sagrada Escritura.
Es lo que la Reforma había pedido cuatro siglos antes: la lengua del culto, el cáliz para el pueblo y la Biblia en manos de los fieles. Pero Roma lo presenta como disciplina, no como doctrina, y en eso hay que darle la razón: no se contradice al cambiarlo. A nuestro juicio, lo que muestra es que lo que antes se negó con tanta severidad no era necesario negarlo.