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Cristianismo histórico

La historia de la doctrina, bajo la Escritura

26g

Pío XI prohíbe a los católicos las reuniones ecuménicas; el Vaticano II los exhorta a tomar parte en ellas (1928-1964)

En la encíclica Mortalium animos (1928), Pío XI escribió que la Sede Apostólica «nunca ha permitido a los suyos asistir a las reuniones de los acatólicos», porque la unión de los cristianos no puede fomentarse «de otro modo que fomentando el retorno de los disidentes a la única verdadera Iglesia de Cristo»; y que no es lícito «en modo alguno» a los católicos apoyar esas iniciativas ni colaborar en ellas: si lo hicieran, darían autoridad a «una falsa religión cristiana, enteramente ajena a la única Iglesia de Cristo». Desconfiaba de los que se decían dispuestos a tratar con Roma «de igual a igual».

Treinta y seis años después, Unitatis redintegratio exhortó a todos los fieles católicos a que «cooperen diligentemente en la empresa ecuménica»; recomendó las reuniones de teólogos donde cada uno pueda tratar a los demás «de igual a igual»; declaró que en las asambleas ecuménicas «es lícito, más aún, es de desear» que los católicos oren con los hermanos separados; y dijo de las comunidades separadas que «el Espíritu de Cristo no ha rehusado servirse de ellas como medios de salvación».

Roma responde que Pío XI condenaba el «pancristianismo», que tenía por buenas a todas las religiones, y que el concilio sigue poniendo la plenitud de los medios de salvación en la Iglesia católica («subsiste en»). A nuestro juicio, eso explica el método, pero no el juicio: lo que en 1928 era «una falsa religión cristiana» a la que no se podía dar autoridad, en 1964 es una comunidad de la que se sirve el Espíritu de Cristo. Y, como en la salvación de los separados, el cambio llegó sin retirar ninguna de las doctrinas que nos separan.

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Cristianismo histórico, nota 26g · https://cristianismohistorico.org/nota/26g/