Alberto de Brandeburgo instruye a los predicadores: por las almas del purgatorio basta pagar, sin contrición ni confesión (1517)
La indulgencia de León X para la basílica de San Pedro la predicó en Alemania el dominico Tetzel, por encargo de Alberto, arzobispo de Maguncia. La instrucción de Alberto a sus predicadores pedía, para el perdón de los propios pecados, estar «contrito de corazón y confesado de boca», visitar siete iglesias y pagar según una tarifa: veinticinco florines de oro los reyes y los obispos, diez los condes, medio florín los menores; los pobres, con oraciones y ayunos. Pero para las almas del purgatorio decía: «no hace falta que los que contribuyen en la caja por las almas estén contritos de corazón y confesados de boca», porque la gracia se apoya «solo en la caridad en que murió el difunto y en la contribución del vivo».
Ese mismo año, Lutero denunció en sus tesis a los que predicaban que el alma sale volando en cuanto suena la moneda en la caja. Roma nunca tuvo esa instrucción por dogma, y Trento mandó suprimir las ganancias torcidas. A nuestro juicio, sin embargo, la instrucción no contradecía la doctrina que León X declaró al año siguiente: si el papa aplica a los difuntos el tesoro de la iglesia a modo de sufragio, lo que se pide al vivo es la contribución, no la penitencia.