La sangre de Cristo limpia de todo pecado: no queda pena que pagar con otros méritos
Las indulgencias suponen que, perdonada la culpa, queda una pena temporal que el pecador debe pagar, y que la iglesia puede saldarla con un tesoro de méritos de Cristo y de los santos. Pero la Escritura dice que Cristo, «con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados» (Heb 10,14); que «la sangre de Jesucristo, su Hijo, nos limpia de todo pecado» (1 Jn 1,7); y que todos los que en él crean «recibirán perdón de pecados por su nombre» (Hch 10,43).
Pablo dice que cumple en su carne «lo que falta de las aflicciones de Cristo por su cuerpo, que es la iglesia» (Col 1,24). Pero habla de lo que padece por los colosenses, para su provecho, no de una satisfacción por sus pecados que se pueda guardar y repartir. Y si Dios corrige a sus hijos, es como padre: «el Señor al que ama castiga» (Heb 12,6). A nuestro juicio, no queda sitio para lo que defiende Trento. Presupone que la purificación de los pecados ya está hecha.