La purificación de los pecados ya está hecha
La carta a los Hebreos dice que el Hijo, «habiendo hecho la purificación de nuestros pecados por sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad» (Heb 1,3). Y Juan escribe que «la sangre de Jesucristo, su Hijo, nos limpia de todo pecado» (1 Jn 1,7).
Una purificación hecha por Cristo, de todo pecado, no deja nada que purgar en el fuego de Florencia. Por eso el creyente que muere va con Cristo.
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