Para tener en cuenta
Lo que conviene tener presente al leer el fichero. En la portada salen siempre las cuatro primeras, con chincheta, y dos de las demás al azar.
Sola Scriptura, con historia
Que la Escritura sea la norma no significa empezar de cero en cada siglo. Sin historia no se entiende el vocabulario de la propia doctrina, ni se sabe qué se respondía cuando se formuló, ni se puede contestar a quien la acusa de nueva. El «consustancial» de Nicea (325) se entiende en la disputa arriana, no en un diccionario.
Roma ha cambiado
La Iglesia católica no ha sido igual a sí misma en todos los siglos: cambian los ritos, las disciplinas y el modo de formular la doctrina. El misal de 1570 no es el de 1969. La pregunta útil no es si cambió, sino qué cambió, cuándo y quién lo decidió.
La iglesia nunca ha faltado
La idea de que la iglesia verdadera desapareció durante siglos y reapareció con la Reforma no resiste el testimonio de las fuentes: en cada época hay iglesias visibles, unas veces más y otras menos puras, con errores y con fieles. Cluny (910) reforma desde dentro una iglesia visible, no un resto escondido.
La historia testifica, no sentencia
Que una doctrina no se formule en un siglo no la desmiente por sí solo; que aparezca en un padre no la vuelve apostólica. El Filioque no está en el credo de Nicea-Constantinopla y Roma lo adoptó hacia 1014: eso no lo refuta ni lo vuelve apostólico. La norma sigue siendo la Escritura, y a ella toca distinguir un desarrollo legítimo de una novedad.
Antiguo no es lo mismo que apostólico
Que una doctrina tenga mil años no la hace apostólica: también los errores envejecen. La pregunta es si viene de los apóstoles, y eso lo dice la Escritura. Hacia 831, Pascasio enseñó en Corbie que en el altar está «la misma carne que nació de María»; hacia 843, Ratramno, monje de la misma abadía, escribió que no.
Un documento falso no prueba nada, aunque se haya creído siglos
Un falso no se vuelve verdadero porque muchos lo hayan citado de buena fe, y lo que se edificó sobre él se queda sin apoyo. Las Falsas Decretales (c. 850) pusieron en boca de los papas de los primeros siglos el lenguaje de un papa medieval. Valla desmontó la Donación de Constantino en 1440, y Blondel demostró las decretales falsas, pieza por pieza, en 1628.
Los padres son testigos, no jueces
Los padres son testigos valiosos de cómo se leyó la Escritura, pero no son infalibles, y ellos mismos lo sabían. Hacia 405, Agustín escribió a Jerónimo que solo de los libros canónicos creía que sus autores no se equivocaron; a los demás, por santos que fueran, los leía sin tener algo por verdadero porque ellos lo pensaran, sino porque lo probaban.
Los padres no hablan con una sola voz
Apelar al «consentimiento unánime de los Padres» supone una unanimidad que, en los textos decisivos, no existe. La profesión de fe de Pío IV (1564) hizo jurar que la Escritura solo se interpretaría según ese consentimiento; pero sobre la roca de Mateo 16, Agustín dejó al lector elegir la lectura más probable (c. 427).
Los concilios también pueden errar
Que un concilio sea solemne no lo hace infalible: también se juzga por la Escritura. Westminster (1646) enseña que todos los concilios pueden errar, y muchos han errado, y por eso no son regla de fe, sino ayuda. Ya en Leipzig (1519), Lutero sostuvo que Constanza había errado al condenar a Hus.
Las palabras cambian de sentido
Una palabra antigua no siempre quiere decir lo que dice hoy, y el desplazamiento puede crear doctrina. En Efesios 5, Pablo llama «misterio» a la unión de Cristo y la iglesia; la Vulgata tradujo «sacramento», y con ese texto Florencia (1439) contó el matrimonio entre los siete sacramentos. Al revés, «Madre de Dios» (Éfeso, 431) era una afirmación sobre Cristo.
Hubo testigos antes de la Reforma
La Reforma no sacó sus quejas de la nada: antes de Lutero hubo quien las dijo, aunque no fuera reformado en todo. Hacia 1344, Bradwardine, teólogo de Oxford, se quejaba de que «casi el mundo entero se ha ido tras Pelagio». En 1556, Flacio reunió más de cuatrocientos «testigos de la verdad» anteriores a Lutero.
Ni el más querido de los padres es la norma
La misma regla vale para los padres que la Reforma más estimó. Calvino, que tanto se apoyó en Agustín, se apartó de él donde creyó que la Escritura pedía otra cosa: Agustín «no se atreve a llamar pecado» a la concupiscencia que queda en el bautizado; «nosotros, en cambio», escribe Calvino en 1559, la tenemos por pecado.