Calvino: Agustín no se atreve a llamar pecado a la concupiscencia; nosotros sí (1559)
Calvino enseña que la regeneración libra de la servidumbre del pecado, pero no de la lucha: en el regenerado queda el fomes del mal, del que brotan sin cesar los deseos. Reconoce la diferencia con Agustín, que admite que los fieles no pueden dejar de codiciar, pero «no se atreve a llamar pecado a esa enfermedad», y enseña que se hace pecado cuando la voluntad consiente. «Nosotros, en cambio, tenemos por pecado eso mismo, que el hombre sea incitado por cualquier deseo contra la ley de Dios» (III,3,10). Cuando se dice que Dios purifica a su iglesia de todo pecado, se entiende de la culpa, no de la materia del pecado: este deja de reinar, no de habitar; y esos restos no se imputan, como si no existieran, por la misericordia de Dios (III,3,11).
Su prueba es Romanos 7. Westminster lo confesó con las palabras que Trento había negado: «verdadera y propiamente pecado».