El concilio de Toulouse prohíbe a los laicos tener la Biblia (1229)
Terminada la cruzada contra los cátaros, un concilio reunido en Toulouse prohibió a los laicos tener los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento; solo podían tener, si querían, el salterio, el breviario o las horas de la Virgen, y ninguno de esos libros traducido a la lengua vulgar (canon 14). En el mismo concilio se organizó la búsqueda de herejes en cada parroquia.
Era una norma local, nacida contra los cátaros y los valdenses, que leían y predicaban la Escritura en su lengua. La regla general para toda la iglesia vino con el Índice de Trento.