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Cristianismo histórico

La historia de la doctrina, bajo la Escritura

46d1

Jerónimo y Crisóstomo: en la iglesia, al predicador no se le aplaude (c. 394)

En las iglesias del siglo IV se aplaudía y se aclamaba al predicador como en el teatro, y los pastores lo corregían. Hacia 394, Jerónimo escribe al presbítero Nepociano: «cuando hables en la iglesia, que no se levante el clamor del pueblo, sino el gemido; que las lágrimas de los oyentes sean tus alabanzas». Hacia 400, en Constantinopla, Crisóstomo propone una ley: que nadie aplauda mientras se predica, y que quien quiera admirar admire en silencio; los apóstoles predicaron y nadie los interrumpió con aplausos, y cuando Cristo habló en el monte, nadie dijo nada hasta que acabó. El pueblo aplaudió la propuesta, y él replicó: «¿Por qué habéis aplaudido? Sobre esto pongo la ley, y vosotros ni siquiera aguantáis oírla».

La razón de los dos es la misma: la predicación se da para que la palabra se reciba, no para que se celebre, y el aplauso deja al oyente, dice Crisóstomo, sin lo que oyó. Como con los instrumentos, la iglesia no quería en el culto las costumbres del teatro: aplaudir sin saber decir qué se ha dicho, añade, se entiende en quien oye a los citaredos y a los actores de tragedia, pero en la iglesia no se ofrece una exhibición de canto ni de voz. El Directorio de Westminster (1645) pide lo mismo a su manera: una vez comenzado el culto, que el pueblo lo atienda por completo y se abstenga de todo «comportamiento indecente, que pueda perturbar al ministro o al pueblo».

A nuestro juicio, la misma regla vale hoy para los «¡amén!», «¡aleluya!» o «¡gloria a Dios!» con que en muchas iglesias se interrumpe la predicación. El amén de la congregación tiene su lugar —Pablo lo da por supuesto al terminar la acción de gracias (1 Cor 14:16)—, pero responder a una oración no es cortar el sermón para celebrarlo; lo que pedía Crisóstomo era oír en silencio y aplaudir después con la memoria, en casa y en la plaza. Y la culpa no es solo del oyente: Jerónimo y Crisóstomo reprendían sobre todo al predicador que busca la aclamación.

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Cristianismo histórico, nota 46d1 · https://cristianismohistorico.org/nota/46d1/