Calvino y el canto de los salmos (1539)
Calvino puso el canto en el centro del culto reformado, pero le dio por cancionero el Salterio. En el prefacio del Salterio de Ginebra pide que se cante con el corazón y con inteligencia —«el corazón requiere el entendimiento»—, con una melodía «moderada», de peso y majestad, adecuada al texto y no a la vanidad del mundo. Los salmos se tradujeron en verso y se cantaron al unísono, sin instrumentos.
La moderación de la melodía es una cuestión de forma: que el canto sea grave, inteligible y no disuelva el texto. La ausencia de instrumentos es otra cosa, y no es una preferencia estética: para Calvino pertenecen a la «instrucción pueril de la ley», sombras del culto del templo, y en la asamblea cristiana no son más adecuados que el incienso o las lámparas, que también cesaron. Fuera del culto, el creyente podía alegrarse con música; dentro, el único instrumento es la voz. Donde Roma tenía coro y órgano, Ginebra tuvo pueblo y salterio.