Enzinas presenta a Carlos V su Nuevo Testamento en castellano, y acaba en la cárcel (1543)
Francisco de Enzinas, burgalés que había estudiado en Lovaina y vivido en Wittenberg con Melanchthon, publicó en Amberes en 1543 el Nuevo Testamento traducido del griego al castellano y se lo presentó en Bruselas a Carlos V, a quien lo había dedicado. Según sus memorias, el emperador le preguntó si era el autor: «No, sacra majestad; el autor es el Espíritu Santo», respondió, y él no era sino un pequeño ministro que lo había traducido de su primera fuente. «¿En castellano?», preguntó Carlos. Prometió protegerlo si no había en el libro nada sospechoso, y lo mandó examinar a su confesor, un fraile español.
El confesor le dijo a Granvela que el traductor había hecho imprimir el libro y hasta se lo había dado al emperador con su propia mano, y que, si a los españoles se les permitía leerlo, «¿qué alborotos no causará en España?». Enzinas fue preso en diciembre y pasó más de un año en la cárcel de Bruselas, hasta que una noche halló las puertas abiertas y huyó. A nuestro juicio, la escena resume lo que el Índice de 1564 y la Inquisición española harían ley: el peligro no estaba en la traducción, sino en que la leyera el pueblo. Un cuarto de siglo después, Reina tradujo la Biblia entera en el destierro.