Canossa: el emperador de rodillas (1077)
En enero de 1077 Enrique IV cruzó los Alpes en invierno y esperó tres días descalzo en la nieve ante el castillo de Canossa, hasta que Gregorio VII lo absolvió de la excomunión. La humillación no fue el final: el emperador volvió a la carga, tomó Roma y puso un antipapa.
A nuestro juicio, lo que muestra Canossa no es la piedad del papa, sino su poder: un rey cristiano no podía gobernar con la excomunión encima. La querella de las investiduras se cerró con el concordato de Worms (1122), pero el principio del Dictatus quedó en pie: el papa podía deponer a un gobernante.