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Cristianismo histórico

La historia de la doctrina, bajo la Escritura

Fuentes

George Salmon, The Infallibility of the Church (1888), lección 14: la Vulgata de Sixto V y Galileo

Sixto V, «un pontífice que parece haber creído realmente en su propia infalibilidad», empleó una junta de revisores, pero en completa subordinación a sí mismo: ellos reunían las pruebas y él decidía por su juicio absoluto qué lectura había que preferir. Publicó la edición en 1590 con una constitución en la que afirmaba su autoridad plena para todo el tiempo futuro: «Por la plenitud de la potestad apostólica, decretamos y declaramos que esta edición, aprobada por la autoridad que el Señor nos entregó, ha de ser recibida y tenida por verdadera, legítima, auténtica e indubitada, en toda discusión, lectura, predicación y explicación pública y privada». Prohibió alterar la versión en la más mínima partícula, y amenazó con la excomunión mayor a quien violara la constitución (pp. 226-227).

«Este era el lenguaje de un hombre que creía realmente en su infalibilidad. Pero bastaba una ojeada al volumen para convencer a cualquier hombre medianamente docto de la necedad, por no decir impiedad, de tan jactanciosa presunción». Muchos pasajes aparecían cubiertos con tiras de papel con correcciones impresas; otros estaban raspados y corregidos a mano; ejemplares distintos estaban corregidos de distinta manera. Sixto había cambiado las lecturas de sus revisores «con la mano más arbitraria e inhábil». Muerto Sixto, la edición de Clemente VIII, también publicada como auténtica, difería de la suya en más de dos mil lugares; Bellarmine, en el prefacio de la nueva, echó la culpa a la imprenta. «Y se hizo evidente que el trabajo de editar la Biblia requería paciencia, erudición y sagacidad crítica, y que era un trabajo para el que la “infalibilidad” no estaba a la altura» (pp. 227-229) (traducción nuestra).

Sobre Galileo: «Es bien sabido a qué severo trato fue sometido Galileo por sostener la doctrina sobre el movimiento de la tierra que hoy sostiene todo hombre instruido; o más bien por ser sospechoso de sostenerla» (p. 230). El 5 de marzo de 1616 la Congregación del Índice publicó un decreto contra «la falsa doctrina pitagórica, del todo opuesta a la Divina Escritura, de la movilidad de la tierra y la inmovilidad del sol»; suspendió el libro de Copérnico hasta corregirlo y prohibió el de Foscarini (p. 237). En 1633 la Inquisición procesó a Galileo, le ordenó abjurar, maldecir y detestar la doctrina, y prohibió su libro (pp. 242-243).

Salmon imagina la excusa que Roma podría dar: «Nuestra Iglesia cometió un gran error hace doscientos cincuenta años. Entonces imaginó que eran heréticas afirmaciones que hoy sabemos no solo que no eran heréticas, sino que eran perfectamente verdaderas. Ahora es mucho más sabia». Y añade: si llega ese día, ya no hay que disputar sobre la infalibilidad de la Iglesia, porque la pretensión entera se habrá abandonado (p. 230) (traducción nuestra).

Visto en el escaneo de archive.org (cu31924029371311), edición de John Murray, 2.ª ed. de 1890. Las páginas de esta lección se comprobaron en el escaneo.

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