Fuentes
George Salmon, The Infallibility of the Church (1888), lección 11: el silencio sobre la Inmaculada
Salmon toma la historia de la Inmaculada como caso típico. Desde principios del siglo XIV, dominicos y franciscanos disputaban: los primeros, con Tomás de Aquino, sostenían que María había sido concebida en pecado y después limpiada; los franciscanos, con Escoto, que fue preservada de la mancha. Los dominicos llamaban herejía a la doctrina contraria y pecado mortal a asistir a su fiesta, aunque el oficio estuviera autorizado por el papa. Los fieles, dice Salmon, «deben de haber mirado ansiosos al guía infalible, con la esperanza de aprender de él la verdadera doctrina que habían de creer. Pero el juez callaba» (pp. 179-180).
Sixto IV, franciscano, no se atrevió a declarar verdadera la doctrina de su propia escuela; en 1483 se limitó a condenar a quien la llamara herejía o dijera que no podía enseñarse sin pecado mortal. En Trento, cuando había que redactar el artículo sobre el pecado original, Roma ordenó a sus legados que no se metieran en el asunto, «que podía causar un cisma entre los católicos», y el concilio dejó la cuestión sin determinar, renovando el breve de Sixto IV (pp. 180-181).
Solo cuando la disputa se apagó, en 1854, el papa la definió como verdadera y siempre creída. «Ciertamente —dice Salmon—, en este caso la iglesia llevó la disciplina arcani a un extremo desmedido, pues ni Belarmino ni Milner, ni muchos otros teólogos católicos romanos que podría nombrar, sabían que la iglesia tuviera tradición alguna sobre el asunto» (pp. 182-183).
Texto cotejado en la 2.ª ed. de John Murray, 1890; las páginas son las de esa edición.